Me gusta cerrar los ojos e imaginarme cómo fue aquel día. Entonces, trato de pensar cómo sería la Venezuela de aquellos años; supongo que no muy diferente a la de ahora con dos bandos: el de la más absoluta míseria y el de la más ostentosa riqueza.
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También, lo perfilo a él en el altar esperando. Un traje que parece una talla más grande de lo necesario, quizás negro, quizás marrón, la falta de color de las fotos antiguas me impide conocer ese detalle; al igual que la corbata a rallas, cuyas tonalidades desconozco. Sé que él también está feliz, nervioso probablemente, al igual que ella. Sin embargo, tengo el convencimiento de que era el hombre más feliz del mundo.
Sospecho que la ceremonia de aquel día sería muy humilde, con apenas una veintena de invitados, inevitablemente ajenos a la familia; una familia que esperaba al otro lado del atlántico, que sufría las miserias de una dictadura. Sé que aquello no importaba. No necesito escucharlo para saberlo, porque en aquel momento, ellos habían confinado su amor en torno a unos votos matrimoniales nunca rotos, habían declarado su amor ante el Dios en el que creían.
De todo esto han pasado ya más de cincuenta años. Ninguno de los dos continúa en vida para corroborar nada. Así pues, disfruto un día más perfilando aquel olvidado día de octubre del 56, devolviendo a mis abuelos a la vida, aunque solo sea para mi deleite personal en la soledad de mi habitación, rezando para que algún día yo viva lo que ellos vivieron.
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