Érase una vez, una pequeña niña de cabellos marrones, como el otoño. Una criatura de tez blanca, como la nieve. Ella era, cálida como el verano, y siempre tenía una sonrisa para aquel que la necesitaba, e incluso para el que no.Además, la niña era la princesa de un grande reino, cuyos confines no estaban a la vista de nadie.
La pequeña princesa tenía todo aquello que quería; no le faltaba nunca nada. Poseía los mejores caballos del reino; los mejores vestidos, cosidos con los hebras más preciadas del lugar; los libros más extravangentes, los más valiosos, estaban en la biblioteca de palacio, a su disposión. Ella era una amante, una apasionada de la lectura, de las palbras. Soñaba con llegar a ser una de las mejores oradoras del mundo. Al mismo tiempo, vivía con la esperanza de ser tan buena escritora como algunos de sus autores preferidos.
Pero, a pesar de tener todo ello, la dulce niña anhelaba una cosa. Era algo que la mayor parte de los niños tenían: una madre y un padre.
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