Alguien dijo en algún momento de la historia que cuanto vemos o parecemos no es más que un sueño, dentro de un sueño; así pues, ¿quiere esto decir que no existe realmente una realidad substancial a la que podamos aferrarnos en vida y que la muerte no es más que un paso entre un sueño y otro? Porque Shakespeare dijo una vez que morir es dormir… Y tal vez soñar. Pero cuando ya de por sí todo es un sueño y no hay nada más que eso, ¿cómo sabemos que estamos vivos y no muertos? ¿Cómo somos capaces de comprender una supuesta realidad en la que vivimos, si todo cuanto rodea al hombre no es más que pura y simple banalidad, artefactos, ideas, expresiones, estilos de vida, etc., creados por la mente humana en un intento por hacer más apacible y fácil una existencia que no comprende?
¿Cuánto de verdad hay en lo que creemos conocer con certeza?
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Tal vez me equivoque – lo cual es muy probable –, pero si es así, ¿por qué nadie se atreve a formulas dichas preguntas? Mi respuesta es bien simple y sencilla. Miedo. Tenemos miedo a descubrir que el mundo en su conjunto sea una mentira en la que nos vemos envueltos y de la que no somos capaces de salir. Porque el miedo, ese sentimiento irracional – como muchos otros –, es un fuerte catalizador de las acciones humanas, que en gran medida se ven influidas por él.
Y aún así, a pesar de que creemos que nuestra realidad no sea más que un sueño nos esforzamos en conseguir llevar a cabo esos sueños que nos persiguen dentro del sueño que es nuestra realidad… Nos esforzamos en hacer de este un “mundo” mejor…
Porque si todo es un sueño, ¿a qué debemos aferrarnos para no perder las ganas de vivir?
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